La Primaria

 

Corresponde al segundo septenio. Los niños a partir de los siete años sufren una transición importante en su vida, siendo el cambio físico más notorio la pérdida de los dientes de leche. Al comienzo de los siete años, la imitación aún está en todo su apogeo, aprenden a trabajar individual y concentradamente y a cooperar de forma ordenada. Ya son capaces de estar sentados en una silla, ocupados durante un tiempo. El surgir de las nuevas fuerzas anímicas que tienen lugar en este septenio, permite al niño aprender a cooperar con otros y con la maestra y es el momento en que llega a su madurez escolar para aprender a leer, a escribir y a iniciar el aprendizaje intelectual señalado por el programa de estudios, a través de la vivencia.

En la medida en que atraviesan este estadio de su crecimiento, su capacidad de concentración, de comprensión, de aprender, de memorizar y de pensar aumentan y desarrollan una vida de imaginación y de mayor disposición para el aprendizaje en sentido formal. El maestro durante este periodo tiene que ser ejemplo digno de veneración y respeto; estar dispuesto a dar razón y cuenta de lo que dice, tanto en el plano de la enseñanza como también en lo humano, para poder ser emulado. Puesto que la característica esencial del niño en este septenio es su universo imaginativo, el maestro como atributo debe fomentar en sus alumnos la creatividad, la iniciativa y como estrategia pedagógica, llegar a ser para sus estudiantes autoridad amada.

Las transformaciones interiores que suceden entre lo doce y los catorce años, cuando el niño cursa los niveles de sexto a noveno grado, hace que este pase a considerar el mundo de un modo realista, a utilizar su mente como instrumento objetivo, preparándose para hacer abstracciones. Ahora puede observar a sus padres y maestros más vigilante que antes y pone a prueba su autoridad, no para librarse de ella, sino para asegurarla y conservarla. El joven ha adquirido la madurez precisa para mirar con los sentidos despiertos el mundo de la realidad y con un deseo de aprender.

A la edad de los once y sobre todo a los doce años, el esqueleto se hace más pesado y los movimientos más torpes y recios. El afán de oposición aumenta. La profunda transformación interior que aparece como efecto anticipado de la pubertad física proyecta sus sombras, pero también las fuerzas del intelecto y del sentido de la responsabilidad que el maestro debe alimentar para ver surgir la hermosura y el vigor de esta edad. La vida individual de los sentimientos se despierta. A partir de la pubertad muchos jóvenes disfrazan enérgicamente sus sentimientos interiores, transforman la relación con su propio cuerpo y se anima en ellos un sentido estético personal, con el medio ambiente, con las ideas e ideologías, se refleja el interés por el mundo y la capacidad de amar, de comprender y de emitir juicios. Levantan una barrera como autoprotección y buscan constantemente un modelo humano con cualidades para que lo guíen.

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