Jardín de Infantes

 

El primer septenio corresponde al período de máximo crecimiento físico del ser humano, desde su nacimiento hasta los siete años, en donde las fuerzas formadoras progresivamente van modelando y haciendo crecer el cuerpo físico y los órganos internos inacabados del niño. Por esto debe permitirse en este lapso que estas fuerzas vivas unidas completamente al cuerpo físico, cumplan con su propósito biológico vital: finalizar la etapa formativa del desarrollo orgánico. A esta edad todo es juego, ilusión, fantasía y movimiento; es el proceso vivo sin resultado obligatorio.

Antes de los siete años el niño no está capacitado para hacer abstracciones propiamente dichas. Se consiente que el niño sea niño, que viva la fantasía de su primera infancia. La maestra y los niños encuentran en el juego su espacio vital. Para ello no requieren de muchas cosas ni de juguetes especializados que sólo se puedan usar para un fin determinado que no estimula la imaginación. Los jardines de infancia Waldorf tienen muy pocas cosas acabadas. Naturalmente hay crayolas, tizas, pinceles, papel para pintar, arcilla, sillas y mesas, etc.; pero sobre todo allí hay piedras, trozos de madera, conchas, ramas, troncos de graciosos contornos, tacos de palo de diversas formas, telas de colores, para que el niño pueda hacer realidad los atributos de su fantasía creadora. También son importantes las cosas “de verdad” como cuadros, objetos de barro, vasos de vidrio, telas, lanas, cartones. Pero lo más importante de todo, serán las cosas imaginadas que aparecen en el juego libre de cada niño, o colectivamente en grupo. De esa manera los niños pueden viajar a lejanos países en una alfombra mágica para luchar contra gigantes y dragones, invitar a comer a su casa a un forastero con comida hecha de puro aire, etc.

Es la edad en que a los niños les preocupa poco lo que se les diga para reprenderles o enseñarles, pero si les hace mella los sucesos que perciben a su alrededor. Es la edad de la imitación, la que se puede y se debe aprovechar lo más posible. Dejar que imiten a alguien digno de ser imitado: sus padres, familiares cotidianos y la maestra, la cual como atributo anímico, debe tener la bondad y como estrategia pedagógica, aprovechar la receptividad y la imitación que caracterizan al niño en esta etapa de su desarrollo, para educar mediante el ejemplo y su esfuerzo por llegar a ser mejor persona cada día.

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